Ayer fue día de limpieza y eché mi alma a la lavadora, con un poquito de lejía, que la tengo muy sucia y hay manchas que son difíciles de quitar. Pero no miré la etiqueta y me ha encogido. Es que era de limpiar en seco, y yo voy y programo la lavadora con agua caliente, y claro, ahora me tira de la sisa. Ni con la plancha la agrando, y ya me ha pasado la garantía.
Pues a ver qué hago, porque yo salir de casa sin alma, oye que no, que voy como desnudo, y que además que no es mía, que la cambié por no me acuerdo qué de fama y dinero, ¿o era por la juventud eterna? No, lo de la juventud eterna no va a ser, que ayer me conté otra cana nueva, y ya van cuatro.
Tampoco me acuerdo de a quién se la vendí, no sé si era Satanás, Belcebú, o el camarero del bar de la esquina. Si es que la tenía que haber cambiado por un poco más de memoria, que éso sí que me hace falta, y no por caprichos. Si fuera el camarero, mal lo llevo, que hoy y mañana libra, mejor sería con un demonio, que ésos no tienen ni vacaciones ni día del patrón. Lo malo que éstos sí que tienen memoria, los jodíos, que no te pasan ni una. No se yo si no vamos a tener lío a cuenta de esta alma que ahora se me ha quedado pequeña.
Aunque ahora que lo pienso, a ver de qué voy a hacer tratos de almas yo con el camarero, por qué me la va a cambiar... y oye, tiene gracia, porque el camarero se llama Ángel, y no sé, qué quieres que te diga, parece un poco incongruente este tipo de tratos con un ángel, ésto es más de diablo, pero nunca se sabe, que a veces salen rana.
Así que éso, que no me enrollo más, que tengo el alma encogida. Pero limpia, oye, limpia está un rato.
(mierda, ya me la manché otra vez)