Hoy quiero volver a ser un niño, andar de la mano de mis padres, y balancearme mientras entre ambos me sujetan sin esfuerzo, yo con mi ropa de domingos, ellos con la sonrisa de fiesta. Quiero aprender, otra vez, a montar en bicicleta, y que mi madre sujete mi sillín y me prometa que no me va a soltar. Y que vuelva a soltarme. Quiero que, siempre ella, tiña de mercromina mis rodillas heridas de niño, mis codos, mi barbilla, que me consuele, que me limpie, que me peine, que seque mis lágrimas.
Quiero volver a pelear, en broma, con mi padre sobre la hierba verde y fresca del pasado. Quiero echar carreras con él en la playa, y que, otra vez, me deje ganar descaradamente. Quiero volver a comparar mi mano con la suya y comprobar que, aún y por siempre, es mucho más grande que la mía.
Hoy quiero retornar a la niñez, que mi madre me riña por no comerme la verdura, por correr y sudar, por mancharme, por mil pequeñas cosas, y que cuando llegue la noche, me cante aquellas canciones que nunca sonarán igual y, así, dormirme sin miedo a la oscuridad, y cuando me despierte, poder ir a su cama, acostarme entre mis padres, a salvo de todos los monstruos del otro lado del espejo, de todos los peligros y fantasmas que acosan la imaginación cuando el sol se oculta y aún eres un niño.
Hoy quiero volver a heredar la ropa de mis primos, vestir los pantalones cortos que nunca me gustaron, ir al cine con mi padre por las tardes si fuera sábado, con mi madre los domingos por la mañana. Gritar BIEEEEEEEENN cuando los payasos de la tele me pregunten cómo estoy, irme a la cama cuando la película tenga un rombo, cruzar la calle de la mano de mi padre y por el semáforo, pasarme el día en el suelo, amaestrando hormigas, capturando grillos.
Ahora que ya no puedo sentarme en las rodillas de nadie, ahora que ya no necesito que me expliquen otra vez de dónde vienen los niños, ahora que no me despierto con la misma ilusión el día de reyes, ahora que ya no me asusta mirar debajo de la cama cuando el sol se pone. Ahora que la nostalgia me ha invadido, ahora que mi alma se ha teñido de melancolía por un tiempo que se fue para siempre, ahora que sólo me consuela la ilusión de que nuestro pequeñajo sienta alguna vez esta añoranza, dentro de muchos años, y quiera recordar como hago yo ahora una época que tenía un color diferente, un olor, un sabor y un tacto distintos.
Si es así, si nuestro hijo recuerda su infancia con la mitad de esta triste alegría con la que recuerdo yo la mía, significará que no lo hicimos mal del todo. Entre tanto, déjame hundirme un poco en esta nostalgia, que ya después saldré a flote, y seguiré con mis sinsentidos.